No sé quién eres. Ni cuándo leerás esto.
Lo escribo en un momento en que el Templo sigue en pie y el trigo sigue creciendo. Algunos graneros están más llenos que otros.
Ayer pude asistir al circo. Mi amo me premió con ese tiempo. Un luchador perdió el brazo, creo que su primo se lo cortó con una daga. Luego lo mató. ¿O simplemente quería sobrevivir a su contrincante? Los que estaban a mi lado gritaban. Hacía calor. Alguien repartía higos. Todos comentaban mientras algunos hablaban con la boca llena. Yo también comí. Sin darme cuenta, me sacié. Y seguí comiendo. Necesitaba distraerme de la distracción.
Algo en nosotros pide el espectáculo de ver caer a alguien semejante. A muchos les reconforta. A mí también, por un instante. A mi lado había hombres libres, con tierras y esclavos. Parecían necesitar todo aquello más que yo.
Un amigo me dijo que está pensando en dejarlo todo e irse a las montañas. Hace unas tortas de pan deliciosas que lleva al mercado. Se las vende un intermediario en el Templo, que, en su casa de piedra, tiene más ánforas de vino que días lleva su hijo sin dirigirle la palabra. Mi amigo, el artesano, solo recibe una parte de esa venta. Con ella paga el tributo al recaudador. Si trabaja más, solo gana un poco más. El precio de la harina lo fijan otros. Y el tributo lo decide Roma. Nadie en el barrio se sorprende de que quiera irse. Tampoco será el primero.
Me sentí identificado con él, pero yo no puedo elegir dónde ir.
Esta impotencia hace algo a la gente, despacio, sin que nadie lo haya decidido. Hace que dejemos de llamar a la puerta del vecino. Estamos muy ocupados en distraernos, para luego estar muy ocupados en no perder lo poco que nos queda. A veces, la pérdida no se elige. Conozco a esclavos separados de sus hijos recién nacidos, entregados a otro señor a las pocas semanas del parto. Sin abrazo, despedida ni explicación. Es el orden de las cosas. Pero me consta que otras veces la pérdida es el resultado de no cuidar ni valorar lo que se tiene. Y esa herida es más difícil de curar porque no hay nadie a quien culpar. Y las heridas separan, aunque sean autoinfligidas.
No es un tema de clases; los señores también sufren otras angustias. Porque lo mucho que tienen no es suficiente para dejar de pensar en lo que aún les falta. También están demasiado ocupados. Y se encierran. Distinto origen, misma soledad. Y así, sin que nadie lo pretenda, la comunidad se deshace.
Un hombre predica ante el Sanedrín sobre el sufrimiento de los pobres. Habla muy bien, dice cosas correctas y la gente le aplaude. Pide, por compasión, una ley que asigne más tributos a las limosnas. Pero exige, por prudencia, mantener la ley que lo convierte en su administrador. Su casa tiene tres patios y sus cinco hijos, de dos mujeres, cobran diezmos en la puerta del Templo. A veces pienso que él mismo cree lo que dice. Pero mientras habla, los pobres siguen haciendo cola.
El Sabbat, los templos están llenos de mercaderes. He visto al comerciante próspero saludar al sacerdote en la entrada, despacio, para que todos lo vieran. También he visto al que acaba de perder su cosecha entrar callado, sin mirar a nadie. El primero, grita y ríe. El segundo, reza en silencio buscando la luz que le confirme que hay sentido en seguir intentándolo un día más. El comerciante rico sale sonriendo. El otro tarda más en salir.
Llevo semanas dando vueltas a toda esta angustia que me rodea, sin saber qué hacer. Y no quiero volver a caer en lo fácil; ya he perdido demasiado por ello.
Hace unos días escuché a un hombre en el camino decir algo que no he podido sacarme de la cabeza.
Dijo que el que quiera salvar su vida, la perderá. Y que el que pierda su vida, la salvará.
No lo he entendido bien.
Pensé en el artesano que quiere irse. Pensé en el padre que se quedó sin su hijo. Pensé en el aplaudido hombre del Sanedrín. Pensé en el intermediario rico, y en su hijo, que no le habla. Pensé en el comerciante que entra y sale contento del Templo, sin rezar. Pensé en mí, comiendo higos mientras alguien moría.
Desde entonces, cuando veo a alguien aferrarse a algo, me pregunto qué está intentando salvar.
Todos intentamos salvar algo. No sé si alguien lo consigue.
Quizá tú me puedas ayudar.