Hay una pregunta que todo el mundo se hace tarde o temprano. No en voz alta, porque en voz alta suena a queja o a acusación. Pero por dentro, en algún momento de dolor real, casi todos la hemos formulado de una u otra manera: ¿por qué esto? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?
No hay una respuesta fácil a esa pregunta. Y este texto no pretende dártela. Lo que sí quiere hacer es proponer un cambio de perspectiva: antes de preguntarte por qué existe el sufrimiento, vale la pena observar qué hace. Porque lo que hace, cuando se le deja trabajar, es algo que ninguna otra cosa en la vida humana es capaz de producir.
El error de nuestra época
Vivimos en la primera civilización de la historia que ha decidido que el sufrimiento es un problema técnico. No una condición de la existencia humana, no una puerta hacia algo más profundo, no un material con el que construir carácter. Un problema técnico, con solución técnica. Más anestesia. Más distracción. Más comodidad. Si algo duele, algo ha fallado y hay que arreglarlo.
El resultado es paradójico. Somos la generación más protegida del dolor físico en toda la historia y también, según los datos, una de las más ansiosas, más deprimidas y más desprovistas de sentido. Como si la eliminación del dolor no hubiera producido plenitud, sino un vacío de otro tipo. Un vacío más silencioso, pero igual de hondo.
Hay algo que esa lógica no está viendo. Algo que culturas muy distintas, en épocas muy distintas, sí veían con claridad: que ciertas cosas esenciales del ser humano solo se forman a través de la resistencia. No a pesar de ella. A través de ella.
Un hueso roto, al sanar, es más denso en el punto de fractura que antes de romperse. El músculo no crece en el descanso; crece en respuesta al esfuerzo que lo ha dañado. El árbol que crece en terreno difícil, donde tiene que hundir las raíces más hondo para encontrar agua, resiste los vientos que tumban a los que crecieron en suelo fácil. La naturaleza sabe algo sobre el sufrimiento que hemos decidido ignorar.
El capullo y la mariposa
Existe un experimento que se repite con frecuencia porque ilustra bien lo que estamos describiendo. Alguien observa una crisálida y ve cómo la mariposa lucha por salir. Por compasión, decide ayudar: realiza una pequeña incisión para facilitar la salida. La mariposa emerge sin esfuerzo. Y muere poco después, con las alas encogidas y sin capacidad de volar.
Lo que parecía crueldad —el esfuerzo de la lucha— era, en realidad, el mecanismo que impulsaba los fluidos hacia las alas y las preparaba para el vuelo. Sin esa resistencia, no había alas. El sufrimiento no era el obstáculo. Era el proceso.
No es un símil religioso. Es biología. Pero la tradición cristiana lleva dos mil años diciendo exactamente lo mismo sobre el alma humana: que hay cosas que solo se forman a través de la presión, la pérdida o el dolor. No porque Dios sea cruel, sino porque la estructura de la realidad funciona así, y Dios la creó sabiendo lo que hacía.
Santiago lo escribió con una brevedad que no ha perdido filo en veinte siglos: «Tened por sumo gozo, hermanos míos, cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.» No gozo a pesar de las pruebas. Gozo en las pruebas, porque produce algo que sin ellas no existiría.
Lo que el dolor sabe hacer
Piensa en las personas que más admiras. Las que tienen más peso moral, más hondura, más capacidad de estar presentes cuando algo va mal. Casi siempre, si las conoces bien, hay una historia de pérdida, de fracaso o de sufrimiento detrás. No a pesar de lo que son, sino en parte gracias a lo que atravesaron.
El psiquiatra Viktor Frankl sobrevivió a cuatro campos de concentración nazis, incluido Auschwitz. Perdió a su esposa, a sus padres y a su hermano. Y lo que observó en ese infierno —en él mismo y en los demás— fue que la pregunta no era cuánto sufrimiento podía soportar un ser humano, sino si ese sufrimiento tenía un sentido. Los que sobrevivían con la mente intacta no eran los más fuertes físicamente. Eran los que encontraban o construían un para qué. Los que tenían algo a lo que volver, algo que completar, alguien a quien querer. El sufrimiento con sentido es diferente del sufrimiento sin él. No en la cantidad de dolor. En lo que produce.
Nietzsche dijo: «El hombre puede aguantar casi cualquier cómo si tiene un por qué.» Y Viktor Frankl lo verificó en las condiciones más extremas que la historia del siglo XX haya conocido.
No hace falta llegar a un campo de concentración para comprobarlo. Lo ves en la persona que perdió un trabajo que creía definir su identidad y, un año después, está haciendo lo que siempre quiso. Lo ves en el matrimonio que sobrevivió a una crisis que parecía terminal y que, después de ella, adquiere una profundidad que antes no tenía. Lo ves en el adicto que llegó al fondo y, desde ahí, construyó una vida que de otra manera no habría construido. El fondo tiene una característica que la comodidad no tiene: obliga a tocar algo real.
Tiempos difíciles, hombres fuertes
Hay una idea que circula en forma de aforismo y que, como todos los aforismos, simplifica demasiado, pero apunta a algo verdadero: «Los tiempos buenos hacen hombres débiles, los hombres débiles hacen tiempos difíciles, los tiempos difíciles hacen hombres fuertes, los hombres fuertes hacen tiempos buenos.» El ciclo es demasiado mecánico para ser exacto, pero la dirección es correcta.
Las generaciones que vivieron guerras, hambrunas o persecuciones no eran mejores personas de partida que las nuestras. Pero el contexto les exigió algo que el actual no exige: elegir quiénes querían ser cuando todo lo demás fallaba. Ese tipo de elección da forma a algo que no se da en la abundancia.
La historia está llena de ejemplos. El judaísmo, como identidad religiosa y cultural viva, no se formó en los momentos de esplendor del reino de David. Se formó en el destierro de Babilonia, cuando no había templo, tierra ni rey. Fue en la pérdida donde los rabinos sistematizaron la Torá, donde la sinagoga reemplazó al templo, donde la comunidad aprendió a ser portátil. El sufrimiento no destruyó al pueblo judío. Lo construyó de una manera que el poder nunca habría podido.
El mismo patrón aparece en el cristianismo primitivo. No creció en el favor imperial. Creció en las catacumbas, en los años de persecución, en la sangre de los mártires. Tertuliano lo escribió en el siglo II con una frase que nadie ha podido rebatir del todo: «La sangre de los mártires es semilla de la Iglesia.» La represión que pretendía extinguir el movimiento lo multiplicó, porque el sufrimiento voluntariamente aceptado tiene un poder de testimonio que ningún argumento teológico puede igualar.
El problema filosófico, brevemente
La pregunta de por qué existe el mal tiene, en el plano filosófico, respuestas que conviene conocer aunque ninguna sea completamente satisfactoria.
La más antigua y sólida es la que desarrolló Agustín: el mal no es una cosa creada, sino la ausencia de bien, igual que la oscuridad no es una sustancia sino la ausencia de luz. Dios no creó el mal; creó seres libres, y la posibilidad del mal es inseparable de la del amor. Un ser que no puede elegir el mal tampoco puede elegir el bien. Solo puede obedecer. Y la obediencia sin libertad no es amor, sino un mecanismo.
La segunda es la que el teólogo John Hick llamó «la teodicea de la formación del alma»: si el mundo fuera un paraíso sin dolor ni resistencia, no produciría personas sino niños eternos. El mundo es un lugar de aprendizaje, no de disfrute. Está diseñado para formar, no para entretener. El sufrimiento no es un defecto del diseño; es parte del diseño.
Ninguna de estas respuestas elimina el dolor de quien sufre. Lo sé. No están pensadas para eso. Están pensadas para que el sufrimiento no se quede sin sentido posible, que es el estado más destructivo: el dolor sin marco, el dolor que no apunta a ningún lugar.
La respuesta de Dios no fue una explicación
Hay algo que la tradición cristiana propone que va más allá de cualquier argumento filosófico, y que muchas personas encuentran más honesto precisamente por eso.
Ante la pregunta de por qué existe el sufrimiento, Dios no respondió con una explicación. Respondió entrando en él.
El símbolo central del cristianismo no es una corona. Es una cruz. Un instrumento de tortura. La fe cristiana no dice que el sufrimiento sea bueno ni que haya que buscarlo. Dice que Dios conoce el sufrimiento desde dentro, no solo desde fuera. Que el que creó el universo eligió nacer en una cueva, vivir en la pobreza, ser traicionado por los suyos y morir abandonado. No para demostrar que sufrir es hermoso. Para demostrar que ningún sufrimiento humano queda fuera de su alcance.
Thomas Kempis lo expresó en el siglo XV con una franqueza que sigue siendo difícil de superar:
¿Por qué temes tomar la cruz, que lleva al reino?En la cruz está la salvación, en la cruz está la vida; en la cruz está la fortaleza del espíritu, en la cruz está el gozo del alma. Toma tu cruz, pues, y síguele.
Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, II:12
No está diciendo que el dolor sea agradable. Está diciendo que el camino que pasa por la cruz es el que lleva a algún sitio real.
Lo que la gracia hace que el esfuerzo solo no puede
Hay una distinción que vale la pena hacer, porque sin ella el argumento puede sonar a estoicismo duro: aguanta, que te hará fuerte.
El sufrimiento, por sí solo, no transforma. La historia está llena de personas que sufrieron mucho y salieron de ello más rotas, más amargas o más vacías. El sufrimiento es material en bruto. Que se convierta en algo o no depende de lo que se haga con él. Y aquí es donde la dimensión de la fe aporta algo que el estoicismo no tiene.
La gracia no elimina el sufrimiento. Lo orienta. Le da una dirección. Permite que la persona que sufre no quede sola con su dolor, sino que lo sitúe en algo más grande. Escribe San Pablo en la carta a los Romanos:
Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
Romanos 8:28
No dice que todas las cosas sean buenas. Dice que, en manos de quien ama a Dios, incluso las cosas que no son buenas pueden trabajar para el bien. Es una diferencia enorme.
El padre que pierde un hijo y sale de ese dolor convertido en alguien que ayuda a otros padres en la misma situación no ha convertido la tragedia en algo menos trágico. Ha convertido el sufrimiento en generatividad. Ha hecho que algo que nunca debería haber ocurrido produzca, a pesar de todo, algo que no existiría sin él. Eso no es lógica humana. Es la Gracia trabajando con material roto.
La sociedad que sale del horno
Lo que ocurre en el individuo también ocurre, a mayor escala y más lentamente, en las comunidades.
Las crisis no son interrupciones de la historia. Son los momentos en que la historia se escribe de verdad. Las constituciones más sólidas se redactan después de las guerras. Los sistemas de protección social nacen tras las crisis que demostraron que, sin ellos, la sociedad se rompe. Los movimientos de derechos civiles emergen después de que la represión llega a un punto en el que ya no puede ignorarse. El sufrimiento colectivo, cuando no destruye a una comunidad, la fuerza a revisar sus valores con una honestidad que los tiempos fáciles no producen.
Hay algo que los tiempos cómodos hacen sistemáticamente: aplazar las preguntas difíciles. ¿Estamos tratando bien a quienes son distintos? ¿Nuestras estructuras son justas? ¿Qué estamos dejando de hacer que deberíamos hacer? En tiempos buenos, estas preguntas pueden ignorarse indefinidamente. En tiempos de crisis, ya no. La crisis no crea la injusticia; la hace visible y urgente. Y lo que se hace visible y urgente es lo único con posibilidades reales de cambiar.
No estoy romantizando el sufrimiento colectivo. Las guerras destruyen, las pandemias matan, las crisis económicas aplastan a los más vulnerables. El sufrimiento no es bueno porque a veces produzca algo bueno. Pero ignorar lo que produce —cuando produce algo— sería otra forma de no ver la realidad completa.
La pregunta que sí tiene respuesta
Entonces, ¿por qué existe el mal?
La respuesta honesta es que no lo sabemos del todo. Los argumentos filosóficos ayudan a entender cómo es posible que exista en un mundo creado por un Dios bueno. La fe ofrece un marco para no quedarse a solas con el dolor. Pero ninguno de los dos elimina el misterio.
Lo que sí existe es una pregunta diferente, con una respuesta más accesible: ¿qué hago con esto?
Esa pregunta sí tiene respuesta. No una respuesta universal, sino una respuesta tuya, concreta, para lo que estás viviendo ahora. Y la tradición cristiana, más que cualquier otra que conozco, ofrece recursos para formularla y responderla sin mentirse.
No desde la resignación, que es aceptar sin entender ni crecer. No desde el heroísmo forzado, que consiste en negar el dolor para parecer fuerte. Sino desde algo más parecido a lo que hace el atleta con el entrenamiento: saber que duele, saber que hay una razón para que duela, y orientar el dolor hacia algo que vale la pena.
El Salmo 23 no promete un camino sin valles oscuros. Promete compañía en ellos:
Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
Salmos 23:4
No hay promesa de que el valle no exista. Hay una promesa de que nadie lo atraviesa solo.
Lo que la mariposa sabe
Volvamos al capullo. La mariposa no sabe, mientras lucha, que su lucha tiene un propósito. Solo siente la resistencia. Solo experimenta el esfuerzo. No tiene acceso a la perspectiva desde la que la lucha tiene sentido.
Nosotros tampoco, casi siempre, tenemos acceso a esa perspectiva mientras sufrimos. La tenemos después. A veces mucho después. A veces solo la entrevemos. A veces nunca la vemos del todo.
Pero hay una diferencia entre la mariposa y nosotros: podemos elegir cómo llevamos la lucha. Podemos elegir cómo afrontar el dolor. Podemos elegir si lo dejamos trabajar o lo anestesiamos. Podemos elegir si convertirlo en amargura o en algo que sirva a otro.
Esa elección no elimina el sufrimiento. Pero cambia radicalmente lo que el sufrimiento produce.
El don que nadie pide no es el sufrimiento en sí. Es lo que el sufrimiento, bien llevado, deja en quien lo atraviesa. Una profundidad que no se compra. Una compasión que no se aprende en los libros. Una esperanza que no es optimismo —el optimismo no ha sufrido—, sino algo más sólido: la convicción, ganada a precio real, de que las cosas rotas pueden recomponerse.
Descubre más desde Camino y Palabra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.