Por qué elegir de quién compadecerte no es compasión
Sientes una genuina compasión por los refugiados que llegan sin nada. Eso es real. No se cuestiona.
También defiendes comprar local, proteger el empleo propio, poner freno a quién viene de fuera a competir en el mercado laboral. Eso también es real. Y puede tener lógica.
Pero los dos a la vez son difíciles de sostener sin que algo cruja. Porque el inmigrante que te conmueve en la foto del periódico y el que ocupa el puesto de trabajo que reclamabas son, con frecuencia, la misma persona.
El metro que se dobla
Dices que hay que escuchar todas las voces. A los que no tienen altavoz. A las minorías ignoradas. Lo dices convencido y probablemente lo sientes de verdad.
Luego alguien vota diferente. Y lo llamas facha. O ignorante. O víctima del sistema. Sin escucharle.
No es que estés equivocado en todo. Es que el metro que usas para medir no es el mismo en ambos casos. Y eso no es un detalle. Es la trampa entera.
El pack completo
Criticas a un partido político. Con razón, quizá: sus mentiras, su arrogancia, su incapacidad para escuchar a quién piensa distinto. Describes sus defectos con precisión.
Y luego votas al otro. Y aceptas sus mentiras. Y defiendes su arrogancia. Y llamas ciego al que señala lo mismo que señalabas antes, pero ahora en la dirección opuesta.
Eso no es tener criterio. Es haber cambiado de equipo.
El problema no era el partido. El problema es que necesitabas un bando.
La gente que hay detrás
En todas partes hay personas buenas y mediocres. En la izquierda y en la derecha. Entre los que llegan y los que los reciben. Entre los creyentes y los ateos. En tu partido y en el otro.
Esto lo sabe cualquiera que haya conocido gente de verdad: no etiquetas, sino personas con nombre, historia y contradicciones. Tu vecino que vota diferente y te ayudó cuando lo necesitabas. El funcionario del partido rival que hace bien su trabajo en silencio. El inmigrante que cuida a tu madre en la residencia.
Cuando decides de antemano que un grupo tiene razón y el otro está equivocado, lo que has dejado de ver son las personas concretas. Y sin personas concretas, la compasión se vuelve abstracta. Y la compasión abstracta no le sirve a nadie.
Hijos del mismo padre
Hay una idea en la tradición cristiana que resulta incómoda para casi todos: somos hijos del mismo Dios. No solo los de tu bando. No solo los que comparten tu historia, tu cultura, tu forma de ver el mundo.
Todos.
Un padre que ama a sus hijos no elige a su hijo favorito según las opiniones políticas de éste. Si lo hace, algo en esa paternidad está roto. Si Dios no hace esa distinción, ¿qué te autoriza a hacerla tú?
¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, actuamos deslealmente unos contra otros?
Malaquías 2:10
Lo que tiene fecha de caducidad
Las divisiones que hoy parecen insalvables tienen, todas, fecha de caducidad. Los debates sobre inmigración, identidad o soberanía serán sustituidos en cincuenta años por otros que hoy no imaginamos.
Las ideologías son modas de larga duración. Lo que hoy parece obvio, en un siglo parecerá ingenuo. Lo que hoy divide, en dos generaciones, habrá dejado de existir tal como lo conocemos.
Lo que no tiene fecha de caducidad es la pregunta de fondo: ¿cómo tratas a la persona que tienes delante, ahora, hoy?
Por qué duele tanto
Vale la pena preguntarse por qué duele tanto que el otro piense diferente. No me refiero a una discrepancia intelectual tranquila. Me refiero a esa incomodidad visceral, al impulso de descalificar, de borrar, de hacer como que no existe.
Puede que sea porque estés muy seguro de tu posición. Puede que sea porque tu posición te define. Porque si el otro tiene parte de razón, algo de lo que eres se tambalea.
Usamos las causas para trascender. La defensa del grupo correcto nos da identidad, comunidad, un enemigo claro. Eso es más cómodo que vivir sin esos puntos de referencia. Pero es trascendencia prestada.
El rol que nadie quiere
La tradición cristiana propone algo diferente. No ser el héroe de la causa. No salvar al mundo desde arriba. Ser un servidor. Alguien que ayuda a quién tiene delante sin preguntarle primero si vota como él.
El buen samaritano no le preguntó al herido su posición sobre la inmigración. Ni su partido. Ni si era de los suyos. Vio a alguien que necesitaba ayuda. Y ayudó. Y siguió su camino.
Eso es más difícil que tener una opinión. Y bastante más útil.
Puedes seguir eligiendo a quién compadecerte. Es tu derecho.
Pero llámalo por su nombre.
No es compasión, sino preferencia.
Descubre más desde Camino y Palabra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Deja un comentario