Defiendes causas que te importan. Compartes lo que te parece injusto. A veces firmas, a veces donas, a veces simplemente alzas la voz. Eso es solidaridad. El mundo necesita más, no menos.
Pero si miras con honestidad a quién va dirigida esa solidaridad, la respuesta tiene una forma bastante constante: va hacia los que se parecen a ti, piensan como tú, pertenecen al grupo adecuado. Con los demás, algo cambia. El impulso se enfría. La causa pierde urgencia.
Esta tensión no es nueva. Ya aparece en el Evangelio de Lucas, en una pregunta que sigue siendo incómoda dos mil años después… Un experto en la ley se acerca a Jesús con una pregunta que lleva trampa: «Quien es mi prójimo?» La pregunta busca un límite. Quiere saber hasta dónde llega la obligación, quién queda dentro y quién queda fuera. Es, en el fondo, la misma pregunta que nos hacemos hoy cuando decidimos a quién apoyamos y a quién no.
Jesús no responde directamente. Cuenta una historia. Un hombre es asaltado en el camino de Jerusalén a Jerichó. Pasan un sacerdote y un levita, personas respetables, religiosas, del mismo pueblo que la víctima. Los dos lo ven. Los dos siguen de largo. Luego pasa un samaritano.
Aquí está la clave que se pierde cuando el relato se convierte en un cliché. Los samaritanos y los judíos no eran simplemente extraños. Eran enemigos históricos, culturales y religiosos. Siglos de desprecio mutuo, de conflicto, de fronteras que nadie cruzaba sin razón. El que se detiene, el que venda las heridas, el que paga la posada, es precisamente el que tenía todas las razones para no hacerlo.
Y entonces Jesús invierte la pregunta. No responde quién es el prójimo del herido. Pregunta:
«Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? El que tuvo misericordia de él. Pues ve y haz tú lo mismo.»
Lucas 10:36-37
El giro es filosóficamente radical. La pregunta ya no es quién merece mi solidaridad, sino si yo estoy siendo solidario. No se trata de encontrar al prójimo adecuado: se trata de convertirse en prójimo. Y eso, a diferencia de firmar una petición o cambiar la foto de perfil, tiene un coste real.
El samaritano se bajó del burro. Usó su propio aceite, su propio vino, su propio dinero. Se retrasó. Se comprometió. No delegó en nadie ni exigió que lo hiciera el Estado. No condicionó la ayuda a que el herido compartiera sus ideas ni su origen. Simplemente actuó.
La solidaridad moderna tiene, con frecuencia, un perfil muy distinto. Es cómoda, visible y condicionada. Cómoda porque no exige bajarse del burro: basta con compartir un contenido, asistir a una manifestación, votar a favor de que otros paguen más impuestos para resolver el problema. Visible porque necesita ser reconocida: la solidaridad sin audiencia parece no existir. Y condicionada porque el receptor debe cumplir ciertos requisitos ideológicos, culturales o políticos para merecer el apoyo.
No es que esta solidaridad sea falsa. Puede nacer de un impulso genuino. Pero cuando se aplica solo a los propios, cuando excluye sistemáticamente a quién piensa diferente, cuando exige que el necesitado sea del tipo correcto, ha dejado de ser solidaridad en el sentido que le dio Jesús. Se ha convertido en tribalismo con buena conciencia.
El samaritano no preguntó si el herido era judío antes de ayudarle. Eso es lo que lo hace incómodo. Y eso es exactamente lo que lo convierte en el ejemplo que sigue sin fecha de caducidad.
La pregunta que deja el relato no está dirigida a nadie en particular. Está dirigida a cualquiera que se haya considerado solidario alguna vez: ¿con quién no me he bajado del burro últimamente? ¿Y por qué?
Y a veces, lo que impide bajarse del burro no es la lejanía: es que el herido no es del grupo correcto. Eso lo exploramos en Querer a la humanidad sin amar al prójimo.
Descubre más desde Camino y Palabra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.