La máscara sin cerebro

Una zorra encontró un día la máscara de un actor trágico. Era magnífica: rasgos perfectos, expresión noble, el tipo de rostro que hace volverse a la gente en la calle. La examinó un momento y dijo: «¡Qué gran apariencia, y sin cerebro!»

Fedro lo escribió hace dos mil años para hablar de la vanagloria. No necesita actualización.

La vanagloria y lo que promete

Vivimos en un tiempo en que la imagen precede al ser. Primero construyes el perfil, luego decides quién eres. Primero proyectas la versión que quieres que vean, luego ajustas —si acaso— la realidad al retrato.

No es un vicio moderno. Tiene nombre clásico: vanagloria. Literalmente, gloria vacía. La búsqueda de reconocimiento por lo que no eres, o por lo que aún no has hecho, o por lo que hiciste pero en realidad no salió de ti sino del miedo a no ser suficiente.

La vanagloria tiene un problema estructural: necesita público. Sin espectadores, se desinfla. Por eso no descansa. La próxima publicación, el próximo logro, el próximo certificado. La máscara pesa, pero no puedes quitártela porque entonces ¿qué queda?

El poder que se pudre desde dentro

La vanagloria no solo deforma la imagen que das. Deforma lo que haces.

Cuando buscas reconocimiento, dejas de decir lo que es verdad y empiezas a decir lo que gusta. Cuando buscas poder, dejas de actuar conforme a la moral y empiezas a actuar conforme al cálculo. El político que empieza queriendo servir y acaba sirviendo al poder. El intelectual que empieza buscando la verdad y acaba buscando el aplauso. El creyente que empieza queriendo amar y acaba queriendo parecer bueno.

No es hipocresía deliberada. Es la lógica interna de la máscara: una vez que te la pones para algo pequeño, va cubriendo todo.

¿Y cuando faltes, qué?

Aquí está la pregunta que la vanagloria no puede responder.

El reconocimiento se acaba contigo. Los likes, los títulos, los puestos, la reputación: todo caduca en el momento en que tú caducas. Lo que queda —si es que queda algo— es lo que hiciste cuando nadie miraba. Lo que construiste sin necesitar aplausos para seguir construyendo. Lo que amaste sin esperar que te lo devolvieran.

La máscara que encontró la zorra era perfecta. Pero no tenía cerebro. Y sobre todo: no había ninguna cara real detrás. A veces, lo que hay detrás de la máscara es miedo. La diferencia entre ese miedo y la prudencia la exploramos en Cuando la prudencia es solo miedo con buenas maneras.

Una imagen más antigua que la máscara

Jesús lo formuló con una precisión que no ha envejecido, justo antes de hablar de la limosna y la oración:

«Cuídate de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos, porque entonces no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.»

Mateo 6:1

No es una prohibición de actuar. Es una pregunta sobre el motor. ¿Para quién lo haces? ¿Para los que te ven ahora, o para lo que queda cuando ya no estés?

La zorra tenía razón: la máscara era preciosa. Pero la grandeza no vive en la máscara. Vive en lo que hay —o no hay— detrás.


Descubre más desde Camino y Palabra

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

2 comentarios sobre “La máscara sin cerebro

Agrega el tuyo

Deja un comentario

Subir ↑

Descubre más desde Camino y Palabra

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo