Quieres llegar primero. O al menos antes que él. Antes que ella.
No siempre es una carrera. A veces es una cola. Una reunión. Un sitio libre en el aparcamiento. El lugar que sientes que te corresponde. Y la justificación llega sola, casi sin pensarla: tengo prisa, mi tiempo vale más, es una urgencia.
Sin saber nada de la persona a la que acabas de adelantar.
Y a veces lo consigues. Pero entonces aparece alguien más decidido, con una urgencia mayor que la tuya, con más prisa. Alguien que también cree que su tiempo es el que importa. Y empieza la lucha.
No siempre con puños. Más a menudo con gestos, con miradas, con la necesidad constante de recordarles a los demás dónde estás tú.
Es agotador.
Ahora prueba lo contrario. No como táctica. No para parecer humilde ni para caerle bien a nadie. Pruébalo de verdad: decide que tu lugar es el último.
Que el mejor trozo es para el otro. Que si hay que esperar, esperas tú. Que el mérito de lo que salió bien es de quien trabajó a tu lado.
Algo curioso sucede.
Nadie te disputa ese lugar. No porque no puedan, sino porque nadie quiere lo que tú has elegido. Y mientras los demás se pelean por llegar antes, tú ya estás donde querías estar. Sin pelea. Sin desgaste.
Si eso suena sencillo, quizá lo sea. La humildad cristiana empieza donde termina la táctica.
Hay algo más difícil de ver, pero está ahí.
Ceder no es perder. Es una afirmación de otra clase. No de lo que tienes, sino de lo que eres. El que pelea por el primer puesto necesita que los demás lo confirmen. El que ocupa el último no necesita nada de nadie para saber quién es.
Uno depende. El otro es libre. Tiene algo que ver con el bien que se hace en silencio.
Pero antes de seguir, quizá valga la pena hacerse una pregunta más sencilla.
¿Qué lugar mereces realmente?
No qué lugar quieres. No qué lugar crees que te han dado o quitado injustamente. Qué lugar, si fueras del todo honesto contigo mismo, dirías que mereces.
Tómate un momento. En serio.
Esta pregunta no es nueva. Hace dos mil años, alguien dijo a sus discípulos algo que sonaba igual de incómodo: los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos.
No lo dijo como consuelo para perdedores. Lo dijo como una descripción de cómo funciona algo que la mayoría prefiere no mirar de frente.
Puede que no compartas la fe de quien lo dijo. Pero la pregunta sigue ahí, esperándote.
¿Qué lugar mereces?
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