Carnaval, Cuaresma y Pascua: el precio de la fiesta

El Carnaval tiene fecha de caducidad desde el primer día. En la Edad Media todo el mundo lo sabía. Por eso podían bailar sin vergüenza: la fiesta terminaba el martes y el miércoles empezaba el ayuno. La fecha estaba en el calendario. El exceso era posible porque el límite era real.

Eso ya no funciona así. La fiesta no tiene límites claros y el ayuno no existe. Hay exceso continuo sin contrapeso, consumo sin vaciamiento, ruido sin silencio. Y al final, sorpresa: la fiesta ya no alegra.

Cuarenta días no es un número al azar

Cuarenta aparece demasiadas veces en la Biblia para ser casualidad. Moisés sube al Sinaí cuarenta días y cuarenta noches sin comer ni beber (Éx 34,28). Elías camina cuarenta días por el desierto antes de llegar al Horeb (1 Re 19,8). Jesús pasa cuarenta días en el desierto antes de empezar su misión pública (Mt 4,2). El diluvio dura cuarenta días.

En el mundo semítico, cuarenta no es un número exacto. Designa una duración: la suficiente para que algo cambie de verdad.

Otras culturas llegaron a conclusiones similares. El Ramadán islámico dura un mes lunar con ayuno desde el alba hasta el ocaso. No es penitencia; es recalibración: recordar qué se necesita y qué sobra. El Yom Kipur judío es ayuno total; el año no puede continuar si el pasado no se ha soltado primero. En el budismo Theravada existe el Vassa, retiro de tres meses en época de lluvias: los monjes no viajan, no acumulan, no salen. En el hinduismo, los ayunos no se concentran en una fecha, sino en ciclos lunares repetidos a lo largo del año.

Tradiciones distintas, idiomas distintos, la misma afirmación: el exceso necesita vaciamiento. Y el vaciamiento exige tiempo.

Lo que encuentran los que se vacían

Agustín de Hipona pasó años acumulando filosofía, retórica, placer, reputaciones… Era brillante y lo sabía. Tenía respuestas para todo. En el jardín de Milán, en el verano del año 386, no llegó a la conversión porque decidió mejorar. Llegó porque ya no le quedaba nada que defender. «Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.» El vaciamiento fue previo. La paz llegó después.

Ignacio de Loyola era soldado. Una bala de cañón le destrozó la pierna en Pamplona en 1521. Durante la convalecencia no tenía novelas de caballerías, solo vidas de santos. En la cueva de Manresa pasó casi un año y durante treinta de estos días realizó ejercicios espirituales intensos; estuvo noches sin dormir y días sin comer. De allí salieron los Ejercicios Espirituales, que se siguen usando quinientos años después. No salieron de la acumulación. Salieron del vaciamiento.

Viktor Frankl perdió todo en los campos de concentración: su familia, su manuscrito, su nombre. Allí descubrió que cuando se quita todo lo accesorio, algo permanece. «La última libertad humana es la actitud que adoptamos ante las circunstancias que no podemos cambiar.» Esa libertad no se encontró añadiendo. Se encontró cuando ya no quedaba nada más que quitar.

La trampa que parece solución

Hay un error frecuente al intentar vaciar algo. Se deja una cosa y se llena el espacio con otra. Se deja el alcohol y se empieza a correr maratones. Se deja la ansiedad y se empieza a meditar durante tres horas al día. Se deja el consumo compulsivo y se lee sobre el crecimiento personal.

El nuevo hábito se llama diferente. Pero la dinámica es la misma: llenar, acumular, medir el progreso, comparar. «Trabajo en mí mismo» puede ser otra forma de no parar. El yo que antes buscaba alivio en una cosa ahora lo busca en otra; solo ha cambiado el objeto.

Joel 2,12-13 lo dice sin rodeos: «Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos.» La imagen importa. Rasgar el vestido es un gesto visible, fácil de mostrar. Rasgar el corazón no se ve desde fuera. No se puede medir ni fotografiar. Pero es lo único que funciona.

Lo que Jesús encuentra en el desierto

Jesús no va al desierto para mejorar sus habilidades ni planificar su misión. Va a ser tentado. Las tres tentaciones que describe Mateo son las que organizan buena parte del sufrimiento humano: convertir las necesidades básicas en obsesión (las piedras en pan), buscar un reconocimiento espectacular (lanzarse desde el templo), cambiarlo todo por poder (los reinos del mundo).

Las tres veces dice que no. No porque tenga una fuerza de voluntad excepcional. Porque tiene claridad. Y la claridad vino del vaciamiento previo, no del estudio.

La Pascua no es el premio por un buen Carnaval o una buena Cuaresma. Es lo que pasa cuando el sepulcro está vacío. El punto de partida no es el mérito acumulado. Es la ausencia.


Empezar desde cero, de verdad, no significa empezar con una nueva lista. Significa estar un momento sin lista. Sin proyecto. Sin una versión mejorada de uno mismo en construcción.

Hay algo en nosotros que no soporta el vacío y corre a llenarlo con cualquier cosa que suene a progreso.

El hijo pródigo no volvió a casa con un plan de mejora. Volvió con hambre. Y su padre lo vio venir desde lejos. Y lo abrazó.

No es cómodo. Es la manera.

Hay un hecho reciente que pone esto en escena de forma inesperada: Lo que ardió en la plaza.


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