Lo que ardió en la plaza

Ayer por la tarde ardió un ciprés en Sant Cugat. Un árbol antiguo, en la plaça d’Octavià, justo delante del monasterio. Fue durante los actos de la Fiesta Mayor. Un accidente. Solo las hojas, dicen. El árbol está bien.

Esta mañana me quedé pensando en ese fuego.

Hace cien o doscientos mil años, una tribu cruzaba un valle en invierno cargando una brasa encendida. No sabían hacer fuego. Solo conservarlo. Si se apagaba, se morían. Esa ascua era la diferencia entre que un bebé recién nacido sobreviviese esa noche en una cueva o no.

En busca del fuego, la película de Jean-Jacques Annaud, arranca exactamente así: una tribu que pierde su única llama y manda a tres hombres a buscarla. Tres hombres cruzando el mundo conocido para traer de vuelta algo que hoy enciendes con un clic.

Hoy es 29 de junio. San Pedro.

El apóstol que caminó sobre el agua y se hundió. El que juró seguir a Jesús hasta la muerte y lo negó tres veces antes del amanecer, mientras se calentaba junto a una hoguera, por cierto. El hombre al que, a pesar de todo eso, le dieron las llaves del cielo.

Es un personaje curioso para ser patrón de una fiesta. No es un héroe idealizado. Es alguien que falló en el momento más importante. Y luego fue perdonado. Eso es lo que se celebra hoy. O debería serlo.

¿Cuánta gente salió ayer a la calle sabiendo que festejaba a ese hombre?

No lo digo como reproche. Lo digo porque me parece una pregunta que vale la pena hacerse.

Las fiestas mayores tienen cientos de años. Gegants, castellers, bailes tradicionales, instrumentos típicos. Todo eso tiene raíces reales, profundas. Lo que se va perdiendo, poco a poco, no es la fiesta: es el motivo.

Y cuando el motivo desaparece, la fiesta solo puede medirse respecto a sí misma. La pregunta ya no es «¿qué celebramos?», sino «¿fue mejor que el año pasado?». Lo que queda cuando el ciclo pierde su centro es exactamente esto: exceso sin vaciamiento.

Más petardos. Más colores. Más días. Más ruido.

A mí me fascinaban los fuegos artificiales de niño. Ahora los veo sabiendo que los del año que viene serán mejores.

Ícaro tampoco quería hacerse daño. Solo quería llegar un poco más alto que en el vuelo anterior.

Un apunte, antes de terminar: el fuego que quemó el ciprés lo prendieron, sin querer, unos personajes vestidos de diablo, delante del monasterio, la víspera de San Pedro.

No digo más.


In Memoriam

San Pedro Apóstol. Crucificado en Roma hacia el año 64 d.C., boca abajo, porque no se consideraba digno de morir como su Maestro.

Sigue siendo el patrón de la fiesta. El ciprés sobrevivió.

Gracias, Beatriz, por compartir la noticia.


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