El bien que no publico

Hoy me veo bien y hago una donación. Mañana tengo tiempo y ayudo a quien lo necesita. Quizá otro día comparta una causa en la que de verdad creo. No, espera, eso no. Hacer el bien públicamente generará una imagen de mí. Pero ¿cuál?

Nunca he publicado opiniones que me comprometan demasiado. No quiero quedar reducido a una etiqueta asignada con prisas. A que una sola opinión termine definiendo quién soy a gente que no me conoce. Y entonces callo. Evito el problema y no participo. No es humildad. Es miedo. Y no ayudo.

Cuando un acto generoso se hace público, entra en juego algo más: el espectador. Y con el espectador me llega, inevitablemente, la pregunta de cómo me verán. No siempre consciente. Pero ahí está.

Lo más incómodo es descubrir cuánto condiciona mi conducta el miedo a la imagen que dejará. Me empuja hacia la parálisis. Hago menos porque tengo más que perder. Mantener la imagen se convierte en una razón para no actuar.

Esto no lo inventaron las redes sociales. En la Edad Media, los nombres de los donantes quedaban grabados en las fachadas de las iglesias. Las indulgencias convirtieron el bien en moneda. La Reforma estalló, entre otras razones, contra esa lógica. Pero el mecanismo sobrevivió. Solo cambió la plataforma: de la fachada de piedra al muro de Instagram.

Lo que no había cambiado, y veo ahora, es el otro extremo del mismo mecanismo. Quien no actúa porque no sabe controlar la imagen que eso generará. La exhibición y la parálisis nacen de la misma necesidad: controlar qué imagen quedará de mí.

Me gustaría separar limpiamente mis actos generosos de los que nacen del ego. Decir: este fue puro, aquel no. Pero no puedo. La mayoría de las veces no sé bien de dónde viene el impulso. A veces ayudo porque me importa genuinamente la persona. A veces, porque el dolor ajeno me resulta difícil de soportar. Otras porque quiero ser el tipo de persona que ayuda. Y muchas veces todo eso a la vez, sin saber qué pesa más.

Lo que me resulta más incómodo no es la mezcla. Es que uso la mezcla como excusa para no actuar. Como si la impureza del motivo invalidara el acto. Y así, para proteger mi imagen de persona que no calcula, termino sin hacer nada. No es indiferencia. Es miedo a perder el control sobre quién parezco ser.

¿Cuándo el silencio es humildad y cuándo es comodidad disfrazada de prudencia? No lo sé. Pero sí sé que hay una diferencia entre no publicar para no exhibirte y no hacer el bien para no publicarlo.

Hace veinte siglos, en un contexto sin redes sociales pero con plazas públicas, sinagogas y ceremonias con trompetas, alguien formuló esto con una precisión que no ha envejecido:

«Cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.» — Mateo 6:3

Nunca había pensado que la mano izquierda no solo calcula el reconocimiento. También calcula el riesgo. Pero la frase dice: actúa tan libremente, sin cálculo, que ni tu propio contador interno se entere.

Lo que no había entendido bien hasta ahora es que ese contador opera en ambos sentidos. No solo cuando busco ser visto. También cuando evito actuar para no quedar expuesto.

Pero hay algo más difícil. Cuando consigo pertenencia mediante una imagen, empiezo a temer lo que pueda expulsarme de ella. Y entonces ya no solo defiendo lo que pienso. También defiendo las expectativas que otros tienen sobre quién debo ser. La etiqueta que me aceptó empieza a cobrar intereses.

¿Y publicar ayuda realmente? Las plataformas no solo difunden ideas: convierten personas complejas en perfiles resumidos. Una vez que haces público un compromiso, muchas personas dejan de preguntarte qué piensas. Empiezan a preguntarse a qué grupo perteneces.

Y, sin embargo, callar para siempre tampoco es la respuesta. También es una forma de proteger una imagen: la del que no se moja. Actuar aceptando que seré malinterpretado es distinto. No controlo qué harán otros con mi imagen. Solo decido si el acto vale más que el miedo.

Y ahora, querido lector, me dirás: «Pero esto es una opinión. Y está publicada». Correcto. Y mientras lo escribo, noto que sigo teniendo miedo. Solo que ya no me parece una buena razón para callar.


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