Porque me lo merezco

Llego a casa un jueves por la noche. He trabajado bien. Estoy cansado de una forma que no es solo física.

Entro, saludo y a los diez minutos ya estoy en otro sitio. El móvil, la serie, una copa. Lo que sea que ponga distancia entre el día que ha sido y lo que me queda de la noche.

Nadie me lo reprocha. Ni yo tampoco. Lo justifico sin pensarlo: lo necesito. Me lo merezco.

Puede que sí. Pero ¿qué estoy premiando exactamente?

Hay cosas que, cuando terminan, ya han dado lo que tenían que dar. No necesitas nada después; la copa puede esperar o no llegar.

Pero hay otras que, al terminar, dejan un hueco. No el hueco del esfuerzo. El otro.

He estado ahí. Picando entre horas sin hambre. Empezando el siguiente episodio antes de que llegara la persona con quien empecé a ver el primero. Respondiendo un email urgente que tardé tres minutos en despachar y luego no me levanté en dos horas. Sintiéndome muy ocupado, creyendo que estaré orgulloso de lo que voy a terminar, hasta que, cuando lo acabo, alguien querido me pregunta qué he hecho hoy y me doy cuenta de que nada para esa persona.

El «me lo merezco» no es una carencia. Es una señal. Algo no está siendo alimentado de otra manera y el corazón lo sabe antes que la cabeza.

Juvenal, un poeta romano del siglo II, escribió que el pueblo antes elegía cónsules y decidía sobre la guerra. Pero ahora solo pedía dos cosas: panem et circenses. Pan y circo.

No era una crítica. Lo escribió como un diagnóstico.

Para Juvenal, ese pueblo no pedía circo porque estuviera contento. Lo pedía porque alguien había vaciado el espacio donde antes había algo que importaba. Dos mil años después, el circo ya no es el Coliseo. Pero la función es la misma.

El circo no se vence. Se desplaza. Cuando algo ocupa ese espacio de verdad, el hueco se cierra solo. El problema no es el circo. Es lo que hay cuando el circo no está.

El Padre Nuestro dice: «Danos hoy nuestro pan de cada día.»

No pide abundancia. No pide un premio. No pide circo.

El pan de cada día no necesita circo. El que sabe para qué es su día, tampoco.

El pan no ha cambiado. Lo que ha cambiado es el hambre con la que llegamos a pedirlo.

¿Qué hemos perdido exactamente? Quizá los propósitos definidos, las responsabilidades tempranas, los proyectos que duraban más de una temporada, …

¿Importa? ¿O es simplemente otro circo?


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