Era la segunda vez que sacaba la foto a un grupo de desconocidos en la cola. La primera no valía: aparecía una bandera detrás.
No era cualquier bandera, pero no importa cuál. Lo que importaba era que habíamos venido a una misa del Papa en la Sagrada Familia, miles de personas distintas, y lo primero que alguien quería borrar de su recuerdo era una bandera.
Hice la foto y devolví el teléfono a su dueño. No dije nada.
Un rato después, desde una terraza cercana, colgaron una pancarta con una petición dirigida al Papa. Politizada, como tantas otras insignias, banderas y mensajes visibles y oíbles ese día (excepto por la bandera del Vaticano, supongo). La gente empezó a silbar. Retiraron la pancarta e incluso, desde tan lejos, pude notar su cara de decepción.
Otras banderas no desaparecieron. Otras pancartas tampoco. No fueron silbadas.
Comenté con la pareja de al lado que qué pena, que eso iba en contra de la libertad de expresión. Él me respondió que ese mensaje estaba politizado y, como dijo Jordi Pujol: “Ahora no toca”.
Me quedé pensativo. Iba a replicar. Me detuve. No por miedo ni por ganas de evitar una escena. Pensé: ¿Qué va a cambiar mi comentario? Nada. ¿Qué va a aportar? Nada. Solo quería intentar ganar un punto en una discusión a la que nadie me había invitado.
Sentí rabia, camuflada de frustración. Pensé más. Y surgió: ¿quién soy yo para juzgar con qué filtros viene cada persona a un acto así?
Todos traemos filtros. Yo también. El mío me parecía más coherente, más universal. Pero eso es exactamente lo que piensa todo el que tiene un filtro: que el suyo es el correcto.
El silencio en el que me quedé tiene poco de heroico. No fue rendición. Tampoco fue victoria. Fue el silencio del que reconoce, de repente, que no tiene el derecho que creía tener. El que entiende que corregir la inconsistencia del otro requeriría una consistencia propia que, siendo honesto con uno mismo, quizá no se tenga.
Lo que sí supe, mientras miraba la pancarta retirada y las otras que seguían ahí, es que probablemente yo era el más pecador de todos los presentes.
Y me callé.
Pero el problema del silencio es que no termina cuando se cierra la boca. Sigue dentro, dando vueltas. ¿Fue humildad lo que acabo de hacer, o fue una capa más fina de soberbia, la del que se calla y se siente mejor por haberlo hecho?
No lo sé. Quizá hacerme esa pregunta sea lo único que me permita ir en la dirección correcta. Y quizá, algún día, ya no tenga que hacérmela.
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