Te ayudo para no sufrir contigo

Cuando alguien a quien quieres está en dificultades, algo se activa. No es solo incomodidad: es un impulso genuino para resolver. Lo que el otro ve como un problema, tú lo ves como algo que puedes eliminar. Y lo eliminas.

Está bien. Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos en ese momento: ¿estoy haciendo esto por él o porque yo no puedo tolerar verle así?

A veces ayudamos porque amamos. Otras veces ayudamos porque el dolor ajeno nos resulta difícil de soportar. Resolver el problema del otro nos devuelve el control. Nos permite dejar de mirar algo que no sabemos cómo llevar ni queremos compartir. Y confundo ese alivio propio con generosidad.

Antes de actuar, hay algo aún más difícil: penetrar lo suficiente en el dolor del otro como para verlo desde dentro, no desde fuera. Saber si lo que vas a hacer responde a lo que él necesita o a lo que tú necesitas para dejar de sentirte mal.

El «haz a los demás lo que quisieras para ti» tiene una trampa cuando se usa mal: tratar al prójimo según nuestra necesidad de resolver, no según lo que realmente le está pasando. A mí eso me ha generado tensión, prisa, urgencia por salir. Permanecer sin resolver es más lento y más honesto. La compañía ya cambia algo de por sí. Quizá porque el tiempo nunca será nuestro si no tenemos la capacidad de darlo.

Cuando resuelves el problema de alguien, la situación mejora. Pero la persona puede quedar igual que antes del problema o incluso un poco más dependiente de terceros en relación con esa situación. ¿Qué pasará cuando tú no estés? Estando con alguien en su propio problema, la situación también mejora. Pero la persona puede salir distinta. Quizá haya recorrido un camino que ahora forma parte de ella.

Hay dolores que no he sabido comprender hasta haberlos vivido. Y no podré vivirlos todos; eso ya lo sé. Por eso, cuando he pretendido resolver sin sentir, me he visto juzgando sin contexto. Y ¿quién soy yo para juzgar?

Hay una imagen que lo resume con más precisión que cualquier argumento: la mariposa que no puede volar si alguien le facilita la salida del capullo, porque precisamente esa resistencia es la que forma las alas (El don que nadie pide).

Pero las personas no son capullos. No sé distinguir cuándo la resistencia forma y cuándo simplemente destroza.

Un padre que hace los deberes por su hijo le quita una carga. También le quita una oportunidad. Un amigo que resuelve la crisis de otra persona le brinda alivio. Y, sin proponérselo, le confirma que necesita ser rescatado.

He hecho ambas cosas, sin mala intención en ninguno de los dos casos. Al amor le cuesta distinguir entre lo que alivia y lo que construye.

Hay cosas que solo ocurren en el silencio de quien espera. El niño que aprende a caminar necesita que el adulto quite las manos en el momento justo, no antes. Pero que luego, cuando se caiga, esté ahí para abrazarle. El que está de duelo necesita que alguien se siente a su lado, sin intentar sacarlo de ahí demasiado pronto. A veces, compartir el tiempo es ya una forma de aliviar el peso. El que está tomando una decisión difícil quizá no necesite que le digas qué hacer, sino que confíes en que puede decidir bien y en que tiene la libertad de equivocarse.

Y tú, a tu vecino, a tu amigo, a tu hijo, ¿lo ayudas o lo apoyas? También puedes no hacer nada, aunque eso tampoco siempre sea inocente. Por mi experiencia, cada vez desconfío más de las soluciones rápidas. Ya he evitado demasiadas veces caminos que había que atravesar.


Descubre más desde Camino y Palabra

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Subir ↑

Descubre más desde Camino y Palabra

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo